Pasé mi adolescencia escuchando a Fito (enamorada de Fito), colgué posters con su cara en mi pieza; caminé por las calles tarareando a Charly (en White no se camina por la vereda, éstas sólo están hechas para que las señoras entradas en edad las barran a las 7.30 de la mañana); me copé con la voz dulzona, agudísima y suave del Flaco (a quien, a decir verdad, nunca escuché demasiado); me llamó la atención cómo Mollo tenía una voz tan power y grave cuando cantaba y, sin embargo, en entrevistas, se asemejaba más a la del Flaco; lagrimeé las tres primeras veces que escuché al pelado Cordera llorando Mi caramelo; hice un par de pogos (no muchos, no me la aguanto tanto), y siempre, cuando me preguntaban qué tipo de música escuchaba, el rock nacional era mi primera respuesta.
Horrorizada, descubro de golpe, en medio de un boliche bahiense (la canti) que... ODIO EL ROCK NACIONAL. De verdad: NO LO QUIERO ESCUCHAR NUNCA MÁS. De repente dije, basta de toda esta grasada del aguante y el "uuh, chabón, qué flá!". BASTA. Traeme algo un poquito más sofisticado! Un poquito más de glam! Qué es toda esta mierda barata, berreta, bolita (con "bi" y con "bu" se me ocurrieron "bicicleta" y "buñuelo", pero... nada que ver, no?).
No sé... tengo la sensación de que la nueva música del agüita mineral me abdujo la cabeza, me la chupeteó y me dijo "a partir de acá, no te va a gustar otra cosa más que esto".
SAY NO MORE.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
1 comentario:
A mi me paso exactamente lo mismo. Odio la movida del rock nacional, me parece muy menor y las nuevas bandas son muy sencillas.
Pero no me agarro para el lado de la electronica. No hay caso, pero no me engancho con eso y su movida tampoco me va. Creo que ya soy un hombre mayor de veintipico
A.
Publicar un comentario