Subo al colectivo con el terror de que también suba ese chico al que conozco de vista y que he saludado sólo porque una amiga lo saludaba, y yo, que soy tan educadita, acompañaba con un "Hola" insípido. Siempre me da charla y no me lo fumo para nada. Me siento y, conmigo, quedan justo todos los asientos ocupados. Una cuadra antes de ver desde mi asiento la figura de este sujeto en la parada siguiente, la persona junto a mí se levanta y baja del autobús. Rápido! Hay un único lugar vacío y está justo al lado mío! A sacar hojas sin importancia de mi bolso para aparentar estar muy ocupada! Entonces sucede: se sienta a mi lado... Yo finjo no haber notado su presencia. De pronto, me pregunta: -"¿concentrada?". Me acuerdo de algún viejo choto, saco la actriz que tengo dentro, pongo cara de Alzheimer y pretendo empezar a reconocerlo. Lo saludo y sigo mirando las hojas, ahora con cara analítica que no deja lugar a charlas. Hace comentarios sobre el calorcito. Respondo con monosílabos, siempre evitando pecar de maleducada (dios no lo permita!). Tres cuadras después, mientras seguía pretendiendo encontrarme muy ocupada en mi análisis del puntaje docente del año 2005 (que todavía no sé porqué guardo), empieza a suceder: ya casi se está terminando de dar cuenta de que no quiero hablar con él. Ya casí no me habla. Ya para. Ahí está! Sí! Se está cayando! Ya no oigo nada! aahhh... comienza a aliviarse mi alma... Oh sagrado silencio... Mas de pronto, me "despierta" un baldazo de agua que ingresa por la ventana (los niños, las bombuchas y los colectivos, nunca fueron una buena combincación). Me chorrea agua por la cara, por todo el pelo; tengo la campera, la remera y hasta el corpiño empapados. En el oído, una pileta. Él se ríe y me agradece porque le hice de escudo anti-agua: él no se mojó. Entre risas, me pregunta si quiero un snorkel.
En estos momentos es que recuerdo al gran Homero (no, no hablo del gran poeta, hablo del gran Homero Simpson) y mirando al cielo me pregunto:
"¡¿POR QUÉ ME PERSIGUE LA DESGRACIA?!"